jump to navigation

Cómo sobrellevar dignamente el vigésimonoveno cumpleaños octubre 19, 2010

Posted by Malena Ferrini in Autoayuda, Ideas sexy para conocer hombres, Temas familiares.
Tags:
14 comments

Qué depresión llegar a la edad en que las viejas pelotudas del barrio empiezan a preguntarte para cuándo los confites. La vida es jodida y cuando llegás al futuro te das cuenta de que todo lo que te imaginabas es una bendita farsa sociológica.

Me levanté como todas las mañanas, tarde y a las apuradas. Dejé sin tomar el café recién hecho y trepé como pude a un colectivo lleno de gente. En la oficina me esperaba una pila de trabajo. Ahora sí, café como ácido muriático, facturas de pastelera y mil calorías cada una. Almuerzo solitario en la plaza con cacas de perros y una tarde larga y gris frente a la compu con dos mensajes de texto: Movistar duplicate y mi colega preguntándome si la cafetera quedó apagada.

A la salida de la oficina me fui para el bar donde siempre nos juntamos para los cumpleaños de todos. Me llamó la atención llegar y no encontrar a nadie, pero igual me pedí un trago. Cualquier cosa con tal de no volver a mi monoambiente de silencio total, cama deshecha y pared blanca.

El primer trago me pareció dulzón. Sentada sola en la barra sentía algo como el glamour cosmopolita de una chica Bond. Sobre todo cuando se acercó un turistito irlandés blanquísimo y pelado como un huevo duro y me pidió fuego. Lástima que no fumo, pensé mientras él me compraba un Martini o dos.

Poco tiempo después estaba muerta de risa. Pero de una risa negra y pegajosa de petróleo o alquitrán. Al turista no le entendía un soto, pero me apoyaba la mano en la cintura, sonreía y hablaba, hablaba sin parar en español imposible, pésimo inglés y dialecto desconocido. Llegué a la aceituna del fondo con el último sorbo y antes de poder escupir el carozo el beso irlandés me impregnó el paladar.

-¿Vamos?

No sé si entendió, pero pagó la cuenta, agarró la campera y me siguió hasta la esquina donde me abrazó apretándome contra su cuerpo grueso y fibroso. En el taxi me acarició el pelo y me metió el dedo abajo de los lentes para atajar una lágrima. Ahora miraba sin decir nada y sacaba veinte pesos para pagar mientras yo me bajaba con los zapatos en la mano y trataba de embocar la llave en la puerta del edificio.

Llamé un ascensor que demoraba más de lo tolerable. Fuimos por las escaleras en la oscuridad y nos besamos en todos los escalones. Para cuando llegamos al primer piso, las manos iban de acá para allá, mi vestido estorbaba arremangado hasta la cintura y a él se le caían penosamente unos pantalones que dejaban en evidencia toda su urgente virilidad. La hebilla del cinturón desprendido tintineaba en el oscuro pasillo que nos recibía agitados y calientes. Mi mano escarbaba la cartera hasta alcanzar otra vez el llavero y las suyas hacían idem en mi escote.

Mientras me abrazaba impaciente desde atrás, yo giraba la llave en la cerradura y eso era todo lo que se escuchaba además de mi respiración entrecortada de llanto o excitación. Un beso después, la puerta rechinó y cuando entramos se golpeó a nuestras espaldas. Ahí nos quedamos abrazados medio desvestidos, algo borrachos. A esas alturas mi cara era una llorosa mancha de rimmel y lápiz labial.

De repente nos quedamos ciegos y las luces y los gritos nos detonaron en la cara.

En el mismo instante en que se encendió la lámpara, aparecieron todos los ausentes posibles. Mi mamá, mi papá, mis hermanos, mis amigas de toda la vida, el jefe, los compañeros de trabajo, unos amigos de la familia, la cuñada de mi hermana, unas tías, y mis dos abuelitas; gritando todos a viva voz ¡¡Sorpresa!! mientras se caía al piso un horroroso cartel de “Feliz Cumpleaños, Malenita” pegado a las apuradas en la pared blanca mi monoambiente, junto a la cama deshecha y el silencio roto.

Anuncios