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El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer (Oscar Wilde) noviembre 16, 2010

Posted by Malena Ferrini in Autoayuda, Éxito profesional, Carrera y finanzas, Formación profesional y capacitación.
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Trabajar topadoramente, estudiar salir a mil lugares distintos y meterme en cien cosas a la vez me ayuda a ser feliz.

Pero hay algunos días en los que me doy cuenta de una o dos cosas.

Esos días me doy cuenta de que estoy cenando el guiso en una taza mientras sigo en la computadora haciendo nosequé y el libro que leía justo se acaba o me aburre, momentos en los que no tengo el cuaderno para tomar notas de las cosas que pienso (que siempre son demasiadas), días en los que camino a toda velocidad para llegar antes de lo necesario y encontrarme con horrorosos minutos vacíos. Me hago las manos, llamo por teléfono, escucho música, chateo, me maquillo, voy en el micro, leo una revista, escribo en el blog y preparo mis exámenes. A veces todo a la vez. Miro la cortina ondulándose en el viento y ya pensé en la tela, el barral, los vidrios, los paraísos, la vez que mi enamorado me despertó tirándome pelotitas de los árboles en la ventana , la soledad, los abrazos vacíos, el clima, los árboles, el frío, los pájaros, el verano y las vacaciones que van a estar geniales.

Algunas veces también  logro detenerme por completo. Casi siempre mientras me baño.

Ahí sola, desnuda y vacía lloro sin parar.

Como si me hubiera perdido y no tuviera manera de volver a encontrarme.

Lucidez para debatir una noticia octubre 27, 2010

Posted by Malena Ferrini in Formación profesional y capacitación, Noticias y actualidad, Secretos de conquista.
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Amiga: -Che, viste que murió Kirchner

Malena: -Huy ¿Ya lo habían censado?

Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (Benjamin Franklin) septiembre 11, 2010

Posted by Malena Ferrini in Formación profesional y capacitación.
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Primer año de la Universidad. Todavía no me acostumbraba al ritmo febril de la facultad, y encima, tenía grandes dificultades en Dibujo. Se acercaba la fecha de entrega y mis dibujos no mejoraban. El número de láminas resonaba monstruoso como un eco… 12… 12… 12… y yo tenía dos. A medias. Y feas. Feísimas.

Me había sentado a trabajar frente a una hoja blanca como… no sé como qué. Porque todo era vacío para mí en esa materia. Veía a mis compañeros llegar con fantásticas creaciones o elaborarlas en el aula de una manera tan natural, con tantos detallitos, tanta perfección. Estaba desesperada y mi mano era torpe y voraz. Mis trazos eran salvajes. Mis sombreados rústicos. Mis formas abocetadas.

Una profesora me dijo un día:

-Esta no te va a servir para la entrega, esta tampoco, esa menos… ¿eso es todo lo que tenés?

-…

Esa noche llegué a mi casa llorando, respondiéndome a mí misma. Sí, eso es todo lo que tengo. Se me habían ido las ganas de dibujar, de estudiar en la universidad y de vivir. No tenía cara para mostrarle todas esas barbaridades que había dibujado al titular de la cátedra, un artista muy reconocido, un hombre talentosísimo.

A la semana siguiente, esperé que todos se fueran del aula y me arrimé al maestro.

-Profesor, ¿Puedo mostrarle mis dibujos?

Asintió y yo desplegué los bocetos en el tablón.

Silencio.

Más silencio…

Crecieron mis nervios mientras el profesor se rascaba la barba.

-Usted no consultó conmigo antes ¿verdad?

Atragantada le respondí con la cabeza. No podía articular lenguaje alguno. Entonces el hombre sonrió y me dijo en tono apacible.

-Acá veo algo muy interesante, Ferrini. Este trazo me dice algo, en todos los dibujos veo eso que busca aparecer pero no alcanzo a verlo por completo.

-¿Qué cosa?

-Veo el trazo, y veo una visión más abstracta del objeto. Veo los gestos en el sombreado. Las formas sugeridas, veo síntesis.

-Sí es que no lo sé pintar más parejo, como los compañeros que…

-Bueno, entonces busque justamente eso, busque ese trazo que usted tiene, porque esa es su propia forma de dibujar, es su lenguaje, déjelo fluir.

-¿Fluir?

-Sí, haga esos trazos rápidos, haga lo que le sale naturalmente, dibuje con eso.

Ya entrada la noche, bajé las escaleras de la desértica universidad a los saltitos. Viajé en el micro pensando qué era lo próximo que iba a dibujar en mi lámina. Llegué a mi casa y me incliné sobre la hoja vacía.

Dibujé hasta tarde. Y después en la mañana, y todo el fin de semana. Anochecí frente al tablero, amanecí en el mismo lugar con el cuello anudado.

Aprobé la entrega. Pero lo importante no fue eso. Fue que ese docente pudo ver más allá de lo que estaba arriba del tablón esa noche. Mi docente pudo decirme hacia dónde tenía que ir, sin detenerse en defenestrar el camino ya andado. Él vio la mano que hacía el dibujo, la mente que lo pensaba y los ojos que observaban. Me vio detrás de esas hojas con dibujos feos.

Todavía me emociono cuando pienso en esa noche. Todavía sigo agradecida.

Feliz día del maestro.